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jueves, 9 de julio de 2020

Sin color

La pareja se encontraba entre los vecinos que buscaban enterarse del chime del día, no era nada más relevante que un par de mascotas perdidas. Nadie sabía a quién le pertenecían las dos aves, sin embargo a algunos les resultaba cómica la forma en que se encontraban en la piscina de unos de los vecinos como si ese fuera su hogar, otros estaban más preocupados por que no fueran a escapar sin que sus dueños los encontraran.

Al no tener ninguna relación ni aporte necesario, la pareja dejó el lugar. Él era un hombre alto, alrededor de 1.75, delgado, piel morena y con un poco de barba descuidada como su peinado. Ella era más baja, de 1.58, delgada y piel clara, cabello corto hasta la mitad del cuello. Mientras ella veía su celular, él veía hacia enfrente distraídamente mientras fumaba; estaban de camino a su casa después de un día largo de trabajo.

A dos calles de donde las aves habían sido encontradas, los dos entraron a su pequeño departamento. Todavía la luz del día lo iluminaba, aunque las cortinas a penas permitían la entrada de la luz y su hijo no había encendido las luces de la cocina o la sala, seguramente se encontraba en su habitación haciendo tarea. Últimamente no habían tenido tiempo de salir de fin de semana, ella porque estaba ocupada con temas de su trabajo, haciendo que incluso llegara tarde esos días o estuviera demasiado cansada para algo, y él porque estaba sufriendo con un nuevo jefe que no dejaba a nadie trabajar como lo habían estado haciendo desde antes.

Al final del día, cenaron cada uno haciendo sus cosas e ignorando la televisión.

Después de arreglarse para su día de trabajo, el hombre fue al cuarto de su hijo a despertarlo, sin embargo el cuarto ya estaba vacío. Su esposa estaba abriendo la puerta para marcharse cuando le preguntó por el pequeño.

“Tiene un rato que salió hacia la escuela, adiós.” Con la seca respuesta, ella también dejó la casa sin comentar nada más.

El niño ya tenía once años, tenía un año yendo por si solo a la escuela ya que esta se encontraba a solamente tres calles de su casa. Al inicio no les había gustado la idea de que lo hiciera, era peligroso y ambos no podían estar tranquilos, si se lo permitieron fue porque su vecina que vivía en el piso inferior llevaba a su hija a la misma escuela, así que le pedían decirles si lo había visto llegar bien.

Era un niño tranquilo, centrado e independiente, sabía que sus padres lo amaban aunque se encontraran ocupados, por eso quería aligerar su carga al irse por sí solo, de esa forma ambos no tendrían que estar corriendo de la escuela al trabajo, aunque obviamente no consideró el temor de ambos porque algo malo le fuera a ocurrir en el trayecto. No tanto si iba o no a la escuela.

El padre no había podido hablar con su hijo desde el día anterior, de pronto sintió que probablemente tenía más días en que no había intercambiado palabras con él que no fueran banales. Algo dentro de él pareció removerse, quería pensar que era inquietud sin fundamentos, sin embargo prefirió resolverlos en ese momento, si era posible.

Con eso en mente, caminó con presura hacia la escuela después de llamar a su vecina y que esta le contestara que no lo había visto. La campana estaba por sonar, los últimos niños llegaban corriendo junto a sus padres así que aprovechó para entrar y preguntar a los profesores. Lo habían visto el día anterior, sin embargo ese día no estaba en su salón.

Dejó el edificio de la escuela con la mente ya revuelta, ahora la preocupación mordía sus entrañas más que nunca, sabía que algo andaba mal sin poder descifrar qué era. En eso estaba pensando, a punto de llegar a la puerta, cuando se encontró de frente con su esposa que lo observó con la misma sorpresa que él debería estar mostrando.

—¿Qué pasó? ¿No estabas de camino a tu trabajo? —le preguntó él, notando como se ponía nerviosa. Sabía que así estaba cuando pasaba su cabello detrás de su oreja a pesar de que este no había dejado de estar ahí.

—Sí… es que… accidentalmente me traje su almuerzo, venía a cambiarlo…

Fue como si el mundo se hubiera detenido por completo, a su lado pasaban los niños y los adultos como manchas borrosas, tenía sus ojos fijos en la sonrisa forzada de su esposa. Se mantuvo en silencio, no trataba de entender la situación, únicamente notó como todo alrededor se veía sin vida, sin colores.

—Ah… está bien… —sin decir nada más, caminó de nuevo hacia la puerta de salida.

El mundo volvió a su velocidad normal, todo el ruido pareció regresar de golpe, sintió como la gente se movía frente a él sin ningún cambio, aunque para él todo era diferente. La ciudad en donde tenía viviendo doce años nunca le había parecido tan gris. Se sintió confundido hasta que la última frase que recordaba salir de la boca de su pequeño le llegó a la memoria.

—Papá… creo que los colores ya no existen.

En ese momento, sin prestarle mucha atención, le había dado un par de billetes diciéndole que se comprara unos nuevos. Qué gran estupidez y qué mal padre era.

Esta vez corrió. Su instinto ahora le estaba gritando, imaginaba dónde podía estar su hijo, rezaba porque de verdad estuviera ahí y todavía pudiera enmendar sus errores. Ya no le preocupaba lo tarde que ya era, que solo tenía veinte minutos para llegar a su trabajo, ni siquiera logró hacer más que enviarle un mensaje a uno de sus compañeros para pedirle que lo disculpara con el resto porque tenía un situación familiar.

Llegando al supermercado, tomó el camino hacia la zona de papelería, no le sorprendió ver a más de veinte personas rondando el pasillo donde los colores, plumones y todo lo colorido estaba en venta. Sus ojos solamente tenían un objetivo, y al encontrarlo lo hicieron suspirar de alivio.

Caminó hacia su hijo, se veía tan menudo en medio de tantos adultos enfocados en sus propios problemas. Tenía en sus manos una caja de treinta y seis colores, se veían sus ojos brillantes y húmedos, al sentir la mano en su hombro que lo hizo voltear y alejarse del resto, todo su control pareció quebrarse como la ligera capa de hielo que cubría los parabrisas de los coches cuando hacía frío.

—Papá, ya no puedo ver los colores, —dijo antes de abrazarse al cuello de su padre cuando este se hincó frente a él, las lagrimas por fin se desbordaron, el miedo se apoderó de él.

—Lo sé, yo lo sé. —Acarició sus cabellos mientras le besaba la coronilla, lo volvió a sentir como el pequeño niño que cada que se tropezaba lloraba, el que había llorado cuando uno de sus juguetes se había perdido. Y lo entendía, él tampoco podía verlos ya.

Paseó su vista por los objetos de los estantes, quedándose en las cajas de plumones para pizarrón que tenía a su lado derecho, sabía cómo debían lucir, sin embargo solamente podía ver los azules y los rojos.

Nunca había escuchado de ese tipo de padecimiento, no sabía si los dos habían estado expuestos a algo que los había dejado de esa forma, o si se trataba de alguna nueva enfermedad de la que no se había hablado. Podía intuir que todos los que estaban ahí, no lo hacían porque los colores estuvieran de moda o en oferta, debía ser porque también habían perdido la percepción de estos y tampoco conocían la causa.

—Encontré esto, —su pequeño volvió a hablar después de que había detenido sus sollozos, entregándole la caja de colores que tenía un papel pegado con cinta adhesiva que decía: “Si estos colores le parecen repetitivos o no son los que debería ver, llámenos por favor.”

—Es perfecto, vamos.

Tomándolo de la mano, lo llevó a las cajas a pagar por la caja de colores a la que se seguía aferrando. Una vez fuera del establecimiento llamó al número, y con una rápida explicación de su situación, le dieron la dirección del consultorio al que debía dirigirse.

Tomaron un taxi, en el trayecto el hombre logó contactar con su jefe para explicarle que estaba en una emergencia médica, aunque al inicio el jefe no pareció creerle, le pidió que le llevara el comprobante al siguiente día si no quería perder un día de su salario.

El consultorio se encontraba en una torre de oficinas y consultorios. Después de registrar su entrada, tomaron el elevador y se dirigieron al que buscaban, su hijo sin soltarlo ni un segundo, como tampoco había guardado su caja de colores en la mochila que ahora su padre cargaba.

El médico dio una corta presentación antes de volver a preguntar por el momento en que se habían dado cuenta que los colores había cambiado.

—Fue hace tres días, —comenzó el niño con permiso de su padre—. Estábamos en la sala cenando y viendo una película, yo estaba dibujando algo de mi tarea cuando el celular de mamá sonó, ella se levantó diciendo que era del trabajo, pasó atrás de donde estaba sentado y me pisó… pero ella no lo sintió, no me dijo nada y solo salió.

>>No me dolió mucho, pero otras veces se disculpaba y se portaba como si hubiera sido algo peor, pero esa vez ni siquiera pareció importarle. Mi papá seguía viendo la tele, no había notado nada así que seguí con mi dibujo pero este ya no tenía el color que había querido darle, no me gustó así que lo arrugué y me fui a mi cuarto a hacerlo de nuevo… pero por más que lo intentara, ya no lograba que se viera bien. —Miró a su padre, los ojos llorosos de nuevo, por lo que él le pasó la mano sobre el cabello y gesticuló “lo siento tanto”—. Después de que comprobara con mis amigos de la escuela que solo a mí me estaba pasando, me asusté y ese día le dije a mi papá, pero me dijo que comprara nuevos colores, y eso quise hacer pero ninguno se veía como debía…

Esta vez ya no lloró tanto, se mantuvo dentro del abrazo de su pare mientras este le narraba al doctor la forma en que le había pasado a él, de como todo se había vuelto gris desde antes aunque no lo había notado hasta ese día. Con eso, el doctor decidió explicarles lo que sabía de su condición.

No se trataba de un trastorno neurológico o ocular, todo se trataba de una afección psicológica que había descubierto desde hace siete meses. Desde su descubrimiento se hicieron todo tipo de estudios a los que lo sufrían hasta llegar a esa conclusión. Los motivos siempre se resumían en uno: los afectados se dieron cuenta de que una persona muy cercana a ellos les estaba mintiendo.

Se trataba de una mentira mayor de lo que querían reconocer, una mentira que no habrían podido notar si no se les hubiera presentado la afección de los colores, una mentira que habrían deseado no notar, sin embargo necesitaban resolverla, aun si significaba perder la confianza sobre esa persona, si significaba tener que alejarse de esa persona.

El psicólogo extrajo una caja que contenía quinientos lápices de colores, todos dispuestos en un círculo marcando los gradientes de color perfectamente. Con esto le pidió al niño que extrajera los lápices que todavía tenían color, siendo gradientes del azul, el verde y el amarillo, los colores que mostró. Por su parte, su padre únicamente tomó los tonos principales del rojo y el azul.

—Todavía estamos en la época de experimentación y aprendizaje con esta aflicción —comentó el doctor mientras terminaba de anotar los colores vistos por el par de padre e hijo—. También, antes de todo esto, quisiera pedirle que firmara esta hoja. Es un acuerdo en el que nos permite usar los datos que vayamos descubriendo, con fines de investigación.

>>Sus nombres y datos personales se quedarán seguros, no los usaremos, únicamente usaremos los resultados y avances, los comprobaremos con otros casos y sacaremos conclusiones. Por eso necesito tener prueba fehaciente de que está de acuerdo.

El hombre leyó con cuidado el papel que le entregó, lo analizó perfectamente antes de firmarlo, en su nombre y en el de su hijo.

—El color azul está presente en los dos, lo que nos indica una pérdida de atención o rechazo por parte de la otra persona, en este caso su esposa y su mamá, —continuó con su explicación después de guardar el papel—. El rojo está relacionado con el amor romántico y carnal, usted posiblemente está dudando de este sentimiento en respecto a su esposa. Por otro lado, el naranja y el amarillo están relacionados a la felicidad e infancia, el que los puedas ver sin tantos gradientes como con el azul, es indicación de que sientes que ya no eres feliz en tu entorno, que esa frialdad de tu mamá está opacando todo, aunque ambos tratan de aferrarse a esto.

>>No sé cuáles sean las circunstancias o motivos, no conozco a su familiar como ustedes, sin embargo les recomiendo repasen todo lo que ha sucedido desde un mes antes, de cuándo las cosas comenzaron a cambiar. —El psicólogo dudó un poco antes de decir las siguientes palabras—. No quiero sembrar dudas o teorías, pero analicen el uso del celular de ella, cómo se comporta y qué hace cuando habla, mas les sugiero no fuercen la situación, no revisen el celular de una persona sin su consentimiento, eso es una falta a la privacidad grave. Antes de eso hagan muchos intentos por hacerla hablar o síganla, si es necesario.

Después unas cuantas sugerencias y advertencias más, el par partió del consultorio, recibiendo como próxima cita la siguiente semana y un número al cuál contactar con el médico si los colores que notaban disminuían o aumentaban.

“Saber que una persona que amas te miente es doloroso, porque sientes que no te tiene confianza, porque posiblemente es algo que te haría sentir mal, porque la otra persona no quiere terminar algo en lo que se ha sentido cómoda, no quiere decepcionar; sin embargo nunca nos damos cuenta de la carga tan pesada que es cargar con una mentira. Pensamos en lo mal que sería que la otra persona descubriera por qué mentía, no obstante, nunca contemplamos qué pasaría si la otra persona siente la mentira sin saber de qué se trata.”

Descubrirlo será igual o más doloroso, sin embargo es necesario para volverle a dar color a la vida, para salir adelante, sea con o sin la persona que mintió; sea perdonando o no perdonando la mentira y sus razones. Resolverlo tiene que involucrar a todas las personas, y debe haber el deseo de resolverlo a pesar del miedo y la duda, de la pérdida y la desconfianza.

Una mentira es una mentira, sea blanca, negra o del color que sea. La confianza que se rompe cuando la descubren es mucho más grande que la que se podría perder cuando hablas con la verdad sobre algo que te avergüenza o lamentas. Una tiene enmendamiento, la otra difícilmente lo logra.


miércoles, 3 de julio de 2019

Did you learnt your lesson?

It was calm, quiet and empty. Now that the mist has dissipated, he could finally watch how the town was made. All the houses were built the same way with two floors and a wall surrounding their gardens, all of them painted in white with some black details. Even the bigger buildings were the same color, although there were no walls.

He walked until he reached one house, the only one without walls. Everything was the same except for those protective walls, it was because of it that he entered when the mist was there.

He was tired of all the fighting, he was feeling the rush of the moment, as he felt the fear. He went in looking for a place to rest, he thought that would be a nice escape. He never thought about the people, he just wanted to fit in and rest; so when a girl showed up and didn't scream, he was amused.

She wasn't alone, of course, but she was warm and good, offering him water, food and a seat. She was afraid of the mist, of the war outside, however she wanted to help, she wanted for her loved ones feel good, be at peace.

He wanted to see himself in her eyes, he wanted to understand her and learnt. Until the noise came, the fighting outside was coming closer. They were together nothing more than a few minutes, still that was more than enough for him to feel warmth, peace and gratitude.

Fear crawled all over him, he couldn't be close to no one, troubles and sadness was everything he was able to provide. If he stayed with her, she wouldn't live through it, a heavy burden will become.

"Come out with them in ten minutes after I leave, put a mask on your faces and don't breathe the mist" he warned her, seeing they have some pretty useful mask in display. "If you walk to the north, you'll find a safe place."

With nothing more to say, he wore his own mask and came out to the mist, getting the attention of all that were close by, he lead them away so she and her loved ones could ran away.

Now that he was seeing the place empty, he wondered why that was the only house without walls, how was even possible for him to enter without breaking any window or lock.

"Maybe they let you in" the voice of his companion rang next to his ear, he didn't notice the other followed him, which was one of his usual habits. "But why? Why you wanted to be in? What were you looking for?"

"A place to rest, a place to belong, I guess," he answered plainly, there was nothing he could hid from him, he knew it pretty well.

"Have you learned your lesson? There's no place for you, no one for you" his companion moved behind him from one ear to the other, almost whispering the words that he had told himself already. The mist began to appear slowly, engulfing the houses little by little. "You don't heal, you can't help, neither give advice. You're empty and everything that comes near to you dies. You're made to be alone."

The words used to hurt him, even before his companion came to him, he knew that was the truth although he tried his best to overlook it, to think he could change. For fourteen years his only wish was to have someone who could understand him, like what he liked, want him as close as he could be, hear him when he decided to talk. Just someone to save him from his own mist and darkness, someone that couldn't be scare of his true self and all his flaws.

But the problem wasn't that there're no one willing, as his companion said before, he had an useless mouth, a closed heart and a protective wall casted in every weakness. He wasn't mean to be with anyone but himself, just his companion that was nothing more than his most hurtful thoughts and truths, the voice that always told him what he refused to see.

"Until my last breath I'll be alone. I know."

martes, 5 de febrero de 2019

Belleza

Caminando tenía su atención en la pantalla de su celular mientras respondía un mensaje, justamente cuando terminó de teclear, alzó la mirada para encontrarse, a varios pasos delante de ella, un niño que en su espalda llevaba una mochila con una forma que reconocía bien.

Se trataba de una especie de peluche de un gato azul y gordo, o al menos de apariencia cilíndrica, con la parte pegada al cuerpo del niño, lo que sería el abdomen del gato, de color crema. La imagen le trajo múltiples ideas a la chica en lo que volvía a ver hacia su celular para enviar un mensaje a la única de sus amigas que también sabía de dónde provenía dicho peluche.

No era la primera vez que veía esa mochila, sabía bien en qué tienda la vendían así que tomó rumbo hacia el lugar en lo que esperaba la respuesta emocionada de su amiga, ella estaba más enamorada de la forma del animal. Ahora sabía lo que le regalaría en su cumpleaños, aunque este todavía se encontrara a muchos meses de distancia.

Llena de confianza y aún recibiendo las emotivas respuestas de su amiga, caminó a los pasillos de juguetería de la gran tienda departamental en la que se encontraba. Ese tipo de mochilas-peluche se encontraban una estantería al final de otros artículos de videojuegos, con las manos en lazadas detrás de su espalda, caminó con tranquilidad viendo superficialmente los demás artículos hasta llegar a la zona que buscaba.

Para su decepción, ese que quería ya no se encontraba. Soltando un suspiro, rehizo sus pasos hasta la entrada de la tienda. Encontrando la primera banca vacía, se sentó con otro suspiro, aunque sabía que frecuentaría la tienda tanto como pudiera hasta encontrarlo de nuevo. Siempre resurtían.

Estaba por sacar de nuevo su celular, cuando un hombre se le acercó. No debía estar en sus cuarenta años, no tenía nada de apuesto, mas su carisma permitió a la chica sonreirle con amabilidad y responder su saludo.

Sin muchos problemas le ofreció un cambio de imagen, personalizado enteramente para que las mejores de sus facciones se acentuaran y luciera más bella que ahora, como le había dicho. Tenía muchos años en que su inseguridad de adolescente había menguado, mas no desaparecido; ella sola había aprendido cuáles artículos de maquillaje le eran más útiles o cuáles quería usar. Y aunque no estaba del todo satisfecha con su apariencia, ya no la odiaba como antes.

Decidió seguir al hombre. Su puesto estaba en las isletas centrales de la plaza, no muy grande, un espacio suficiente para que cuatro personas se movieran sin problemas para cortar el cabello, hacer faciales y maquillar. 

El nuevo corte era algo que nunca se hubiera atrevido a intentar, sin embargo su cabello ondulado se veía fascinante. con los costados cortos casi al ras, el fleco peinado hacia atrás y el resto cayendo con gracia sobre su espalda, le dio una seguridad cálida, aun antes de los pasos que aún faltaban.

Al final todo el proceso tardó dos horas. Le entregaron un papel con un número de local e invitación al nuevo sitio al que debía acudir pues querían que todos los participantes de ese tipo de experimento, acudieran a ese lugar a tomarse una foto, después de que ellos mismos hubieran hecho la del antes y después.

Emocionada por su nueva apariencia, y aguantándose las ganas de sacarse fotos, más que nada por temor a que estas la decepcionaran, algo que siempre sucedía; se dirigió al lugar marcado. 

El local tenía algunas ventanas y una apariencia más de salón que de alguna otra cosa. Había alrededor de veinte o treinta sillas dispuestas a lo largo de las paredes, en las cuales ya se encontraban algunos chicos y chicas en su rango de edad. Con toda su timidez encima, caminó hacia una zona despejada y tomó asiento.

Antes de entrar le había pedido dejar sus cosas en una canasta asegurada con un candado cuya llave recibió ella para que no sintiera peligro por sus pertenencias, lo hacían para que al comenzar todo el evento no hubiera distracciones o algún tipo de filtración. Como era obvio, se había sentido un tanto desconfiada de tanta seguridad y movimiento, sin embargo todo pasó a segundo plano cuando comenzó a ver mejor hacia las demás personas del lugar.

Unos cuantos ya estaban hablando entre ellos, o tal vez habían acudido juntos. Las mujeres llevaban peinados modernos y laborados, maquillajes casi naturales para unas cuantas y otros un poco más marcados, aunque sin hacerlos ver como excesivos. Los hombres también mostraban cortes y peinados que ella nunca había visto, muy poco se les notaba si tenían una pizca de maquillaje encima, lo que hablaba muy bien del trabajo que habían hecho con ellos.

No había una estatura o complexión específica entre ellos. Podía ver chicas tan altas aún en tacones altos, como chicas más bajas que ella, quien siempre se consideró tan corta de estatura, como chicos de estaturas cercanas a la de ella. Flacos, regulares y algunos un poco más rollizos, todos luciendo estéticamente agradables, aunque a algunos les fallaban los conjuntos que vestían, lo que la hacía creer que podrían ayudarlos con eso después.

Distraídamente se giró a una de las ventanas del lugar, esperaba ver la ciudad alrededor aún en tonos de medio día, sin embargo esta ya estaba cubierta en la oscuridad de la noche. Sintió su corazón agitarse, no había notado el tiempo pasar tan rápido, dentro de una plaza tan artificialmente iluminada era imposible darse cuenta. únicamente el recuerdo de que sus padres no estaban en la casa y que nadie más se preocuparía por su ausencia tan larga, le permitió volver a relajarse.

A su lado se sentó una chica un poco más alta que ella, de apariencia delgada aunque no en demasía, cabello castaño claro, piel clara y ojos color miel. Todo en ella parecía ser tierno, incluso su cabello perfectamente ondulado que enmarcaba su rostro. Le sonrió a forma de saludo, la vio examinar los alrededores como ella misma lo había hecho al entrar. Sintió que quería hablar con ella, le agradaba, mas su propia inseguridad la reprimió sin saber qué palabras eran necesarias para ese tipo de conversaciones.

Luego de que las veinticinco sillas del lugar se llenaran de jóvenes, la puerta se abrió una vez más para dejar pasar a los organizadores, entre ellos el hombre que la había convencido.

-Nuevamente, bienvenidos -saludó uno de los hombres que dio un paso al frente para ver a todos-. Estamos agradecidos por el apoyo que nos han brindado para este corto experimento comercial en el que hemos encontrado chicos y chicas con una belleza natural y lista.

Al decirlo fue señalando a algunos, esas personas sonrieron con orgullo o timidez, aunque las palabras del hombre no eran erradas. La chica a su lado entró en dicha categoría, evidentemente.

-Algunos otros que requerían colo necesitaban pulirse un poco. -Algunos de los siguientes en ser señalados se ruborizaron, otros rieron suavemente; por su lado, ella se sintió un tanto decepcionada por no haber entrado en ese rango, haciéndola preguntarse si el siguiente rango sería el peor. De pronto toda su seguridad la sintió caer al suelo y quebrarse.

-Y los últimos, joyas en proceso de trabajo, en proceso de mostrar sus mejores rostros.

Finalmente fue señalada junto a cuatro chicos más, los cinco casi parecieron encogerse en sus asientos, aunque las sonrisas en sus rostros no pudieron ser reprimidas.

-Esto no termina aún, vamos a dar los últimos retoques y prepararlos para el verdadero objetivo de este experimento.

La mayoría de los adultos comenzaron a salir mientras el vocero les sonreía a los chicos que casi empezaron a murmurar entusiasmados entre ellos. Ella se giró de nuevo a la ventana, su corazón se oprimió dentro de ella cuando en el reflejo vio a la chica a su lado bajar la vista con una mirada tan cargada de sorpresa que la hizo girar a verla. 

La sorpresa se convirtió en temor unos segundos antes de que la delicada y hermosa chica la viera con sus grande ojos brillantes y comenzando a enrojecerse, sus manos juntas ejerciendo una fuerza que las hacía tornarse mucho más blancas. Entonces ella misma lo entendió cuando la puerta se cerró de nuevo con los veinticinco dentro. La próxima vez que salieran de ese lugar no serían buenas noticias y que, sin dudarlo, nunca volverían a ir a sus casas.

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¿Tienen una idea de lo horrible que es despertarse con ese miedo? ¿con esa certitud de que todo ese experimento no fue de buena fe? Ugh, no sé por qué mi mente me tortura con ese tipo de miedos, con ese tipo de sueños, pero bueno, tenía que escribirlo.

Odio soñar

De verdad lo odio. Exceptuando las casi nulas veces en que los sueños me dan material eficiente para escribir; las ocasiones en las que soy capaz de recordar lo que soñé al despertar, siempre me dan color de cabeza y una pesadez que me hace mucho más difícil levantarme.

No son pesadillas, no recuerdo cuándo fue la última vez que tuve una, sólo son sueños que cuando me despierto me dejan en una molesta confusión de no saber con certeza si ya estoy fuera de ellos o no. Es algo que no puedo describir muy bien, no sé si realmente son muy vívidos o mi mente se los creé como tal o lo que sea, no me gusta despertar después, es casi hasta doloroso y agotador.

Y siempre han sido variados, con gente que obviamente no recuerdo haber visto antes, sucesos que no tienen sentido que ocurran, lugares mezclados entre reales e inventados. Creo que mi molestia por los sueños es por la falta de lógica, esa lógica que siempre aclamo y me aferro a ella como si fuera lo único que me mantiene viva o cuerda. Sin lógica o realismo en los sueños ¿a qué me puedo afianzar?

Pero bueno, eso sólo fue un extra pues después del sueño de hoy decidí que voy a escribirlos. Muchos serán bizarros, llegarán a preguntarse que tan sociópata soy pues, déjenme advertirles, suelen tener temas algo delicados. Por ejemplo el que dejaré en la siguiente entrada, el sueño de hoy y que me llevó a esto, aunque ha sido uno de los más tranquilos.

Aunque no todos lo son, por ello deseo usar esos estúpidos sueños y el malestar que causan en mí para usarlos de excusa y escribir, pues siento que no lo he hecho en mucho tiempo, haciéndome perder la poca habilidad que creía tener. Si eso llegara a pasar, si ya no pudiera escribir nunca más, entonces sí sería peor que perder la lógica en mis sueños.



Un pedazo del sueño que tres días antes, para que no asusten.

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Las calles estaban llenas de gente, si no estuviera segura de la fecha del día, habría pensado que se encontraba a mitad de diciembre, con la euforia de la gente al realizar sus compras para el tan esperado veinticinco.

La avenida era ancha, rodeada por doquier por gigantes plazas comerciales, por restaurantes y unos pocos edificios de negocios. Los coches avanzaban por el camino a velocidades que demostraban la falta de los semáforos, o al menos eso parecía, haciendo que se preguntara cómo era posible ir de una acera a la otra si la tienda que buscabas no estaba en la que caminaba.

Fuera de eso, se mantuvo mirando los aparadores, la gente con sus bolsas, tratando de ignorar el bullicio típico de ese tipo de lugares. Le dolían los pies, sentía la garganta seca, la espalda agotada y un dolor punzante dentro de su cabeza, aunque este aún era lo suficientemente ligero como permitir que el mal humor no atacara a su familia.

Cuando creyó que el hartazgo sacaría lo peor de sí, su hermana señaló un restaurante de apariencia muy refinada. El color principal era el café, tonos variantes de este iluminaban las decoraciones, los uniformes del personal e incluso algunos de los platillos que veían ya servidos en los comensales. No era la cafetería de la esquina, no una fonda o algo similar, sino un lugar exclusivo donde los precios de todo seguramente alcanzarían los tres dígitos. 

A pesar de ello, los cuatro se acercaron al recibidor en espera de su mesa. ¿Por qué? Porque tenían hambre de un postre, obviamente.

Con una sonrisa amable, el jefe de piso los guió hacia su mesa, un gabinete circular que bien podría acoger ocho personas, no a ellos cuatro. Sin embargo no se quejaron, en silencio se distribuyeron en solo lado del espacioso lugar.

¿Había carta? ¿Cuándo tomaron la orden? ¿Qué pidió? Sin la respuesta a esas incógnitas, esperó por la llegada de su postre mientras hablaba de algo con su hermana. Al tratar de descifrar lo que le estaba comentado, al lugar llegó el mesero con lo que parecía un pastel de tres chocolates.

Se veía delicioso, no sabía si lo había pedido o si le gustaría, únicamente estaba el hecho de que lo quería probar. No obstante, el mesero detuvo la entrega a unos centímetros de sí mismo.

-Una disculpa, parece que erré la orden ¿no es cierto?

-Sí, nosotros no pedimos eso -respondió su madre amablemente, lo que llevó al trabajador a retraer por completo el postre, sacar una bolsa de plástico de su bolsillo y vaciarlo adentro como un desperdicio. Con una disculpa, se dio la vuelta para traer lo que sí habían pedido.

-Qué desperdicio -dijeron los cuatro casi al unísono, sintiendo una indignación y confusión clara.

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Y sí, ahí terminó mi sueño y yo desperté como ¿Qué demonios?.